“El año de la revelación”

Gabriel del Pozo

Secretario general de CESM

Gabriel del Pozo, secretario general de CESM

Acabamos de despedir un año al que por consenso, eso tan raro en este país, todo el mundo quería dar carpetazo desde hace meses. Ha sido un año en el que los médicos, como profesionales sanitarios, nos hemos visto puestos de manera involuntaria bajo el foco mediático, con una actividad fuera de lo normal y que nos ha hecho enfrentarnos a una situación inédita, por muchas canas que peinemos o muchos años de experiencia que acumulemos, tanto en la práctica clínica como en la labor sindical.

En los primeros meses del año nuestra preocupación era reactivar los foros profesionales, acercar posturas con la Administración sanitaria y lograr esas mejoras que reclamamos desde hace años y que siempre por las circunstancias del momento se habían quedado aparcadas. Mirábamos de reojo las noticias de China mientras empezábamos a familiarizarnos con términos y cifras que poco a poco acapararon nuestra actualidad diaria.

La pandemia que ha marcado este año nos explotó aquí, oficialmente, en marzo, cuando evidenciamos algunas de las reclamaciones que no eran nuevas para los médicos. Las plantillas estaban mal dimensionadas, no se habían planificado las necesidades de profesionales, no se cuidaba a éstos como era necesario y el sistema de salud se mantenía gracias al esfuerzo absoluto de quienes formaban parte de él, asumiendo las carencias para luchar por el bienestar del paciente. En pleno caos, los médicos no tenían con qué protegerse para realizar su trabajo, el colapso de los centros de asistencia sobrepasaba lo nunca visto y muchos compañeros se dejaron la vida por el camino. En aquellos momentos se apelaba a la heroicidad de los compañeros con aplausos de aliento desde los balcones, pero para sobrellevar las necesidades sanitarias hacía falta mucho más, medidas que desde CESM no dejamos de reclamar.

En los primeros compases de esta pandemia no dudamos en mostrar nuestro apoyo a las autoridades sanitarias y tender la mano para lo que fuera necesario, pero la gestión que se fue haciendo, tanto a nivel nacional como autonómico, nos hizo trasladar nuestra preocupación e incluso tener que recurrir a la justicia para exigir que se dotase de equipos de protección a los profesionales. Además, tuvimos que ver cómo desde el Ministerio se cerraban en banda respecto a la gestión de los residentes y la elección telemática de plazas, lo que nos obligó a salir a la calle para recordar los derechos de los médicos jóvenes, tanto de los que entraban a su residencia como los que tenían que concluirla y obtener sus títulos de especialistas en plazo, pasando a ser mano de obra tan necesaria en esos momentos.

Nos veíamos obligados a reclamar que el contagio por coronavirus en médicos se considerara enfermedad profesional, pedíamos a los gobiernos autonómicos condiciones homogéneas para contratar a los residentes que terminaban su formación e iniciamos la candidatura de los profesionales para el Premio Princesa de Asturias.

En medio del caos por la falta de material nos llegaba otro nuevo varapalo; el que se facilitaba no era el homologado, lo que agravaba el problema de la falta de protección y nos obligaba a pedir explicaciones y querellarnos por facilitar mascarillas defectuosas.

Agotados tras la llamada primera ola -luego sabríamos que vendrían más- pudimos rendir homenaje a los fallecidos, pelear por la Formación Sanitaria Especializada y plantear nuestras reivindicaciones para evitar que la situación se repitiera en los próximos meses.

La actividad asistencial relacionada con el COVID recayó sobre una Atención Primaria ya muy mermada previamente, y que había dado muestras de su insuficiencia en los periodos vacacionales de los años previos, así como en los periodos álgidos de patologías, como gripe, infecciones respiratorias agudas, etcétera. Mientras, Prisiones pedía su propia “desescalada” por las características especiales de los centros.

Pedimos ayuda al Defensor del Pueblo en diferentes ocasiones obteniendo poca “ayuda”, y empezaron a llegar las sentencias autonómicas que condenaban a las administraciones por la falta de equipos de protección. Del mismo modo, llegó la decisión del Supremo que nos avalaba respecto a la elección telemática de los MIR. En pleno verano, fueron varias las CCAA que iniciaron su huelga de residentes para mejorar las condiciones laborales de estos profesionales, ante la falta de solución a nivel central -recordemos que esta es una de las pocas competencias que aún quedan en manos del Ministerio-.

Ya en julio, con las medidas sanitarias relajadas para salvar la temporada estival, en CESM empezó a sonar una palabra que siempre supone la última opción, una huelga que se materializó al llegar el otoño por la situación insostenible por la que atravesaban los profesionales, necesitados de que los homenajes se tradujesen en medidas concretas, ya que sin unos profesionales motivados y con unas condiciones de trabajo adecuadas será imposible la calidad asistencial.

La ‘vuelta al cole’ supuso para nosotros la necesidad de manifestar la honda preocupación por el deterioro del SNS, y reclamamos -una vez más- más recursos humanos y materiales para afrontar lo que sería la segunda ola, algo en línea con el “agotamiento y la situación límite» que denunciábamos los diversos miembros del Foro Profesional. Tuvimos que defender que no era cierto que faltaran profesionales y recordamos la necesidad de contar con los expertos para tomar medidas en esta situación crítica, y la respuesta fue que pocas horas después nos encontramos en una muestra más de la falta de dialogo del ministerio con el decretazo, el RDL 29/2020 que suponía dinamitar el sistema sanitario de salud como lo hemos conocido hasta ahora. Fue el detonante definitivo para que, convencidos, nos levantáramos contra el despropósito y convocásemos una huelga nacional indefinida que nos ha llevado al conflicto en los últimos meses del año.

Todo el sector médico sin excepción se manifestó en contra de este texto en el que, en una regulación sobre teletrabajo se colaban apenas unos puntos con importantes repercusiones para el sistema sanitario, todo ello sin consultar previamente a los profesionales a los que representamos.

Pese a la complicada situación, pese a tener a todos los actores en contra y pese a tender la mano hasta -literalmente- el último momento, la respuesta de Sanidad fue la de no sentarse a dialogar con CESM, convocante de la huelga, cuya primera jornada en octubre fue todo un éxito.

Sólo el final de año, junto al cambio de responsable en la Dirección General de Ordenación Profesional trajo un “acercamiento” entre la Administración sanitaria y CESM, que participó en reuniones del Foro de la Profesiones y Foro profesional, y que recibió un par de citaciones individuales como convocante de la huelga. Un cambio de actuación que junto con la responsabilidad ante el aumento de casos en periodo navideño facilitaron la decisión de aplazar las dos últimas jornadas de huelga, a la espera de ver cómo evolucionan los contactos.

Y en esas estamos, con un año agotador recién despedido pero con la vista puesta en los meses que vendrán todavía con demasiada incertidumbre.

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